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Al bajar del avión en Santiago de Chile, y salir a las calles, mientras un taxi de color negro y amarillo te lleva por unas calles mal asfaltadas, hay muchas cosas que te llaman la atención. Pero quizás, la que más te sorprende, es ver la cantidad de perros vagabundos que circulan por las aceras, cruzan las calles, se tienden en la hierba de los jardines o simplemente toman el tibio sol al lado de la parada de los autobuses. Y lo más extraño es que nadie, ninguna persona, parece darse cuenta de ellos. Para los habitantes de Chile, tanto de las ciudades más populosas, como de las más apartadas, los perros vagabundos (que ellos llaman perros vagos) son algo inherente al paisaje, como los árboles, los bancos, los cubos de la basura, las farolas o los coches. Y lo mismo pasa en el pueblo donde vivo: caminando desde la casa donde habito, hasta la plaza principal del pueblo (que aquí se llama Plaza de Armas, con claras reminiscencias de la conquista), me encuentro en el kilómetro escaso de distancia, no menos de 30 o 40 perros vagabundos. Los hay de todas las razas y de todos los pelajes, pero todos tienen algo en común: su extrema suciedad, heridas y hambre. Pero ellos se consideran dueños y señores de las calles y de las destartaladas aceras. No es extraño verlos acostados a la entrada del bar de la plaza, dando los clientes un rodeo o saltando sobre ellos para entrar en el establecimiento; en los jardines de la plaza a la sombra de una araucaria gigante o bajo las ramas centenarias de un magnolio; cerca del mercado de abastos, esperando los desperdicios de las carnicerías. Cuando hay mercadillo de productos del campo, se acercan a la calle donde se celebran y caminan despaciosos por los puestos y comen las frutas maduras o abandonadas por los feriantes. Los días que no pueden saciar su hambre con algo que le de cualquier alma caritativa, se van a las bolsas de basura y como aquí no existen contenedores, dejan toda la calle llena de desperdicios, de plásticos y de restos de comida. A todos les parece normal que existan perros vagabundos. No les tienen miedo, ya que por lo general son pacíficos y no se meten con los niños, ni con nadie. Parecen seres superiores que tiene su derecho a vagar por las calles. Y lo más gracioso es que hay perros vagabundos hasta en los patios interiores de La Moneda, la casa donde habita el Presidente de la República. No es extraño ver en los noticieros salir al Presidente a dar una rueda de prensa a la salida de su despacho y pasear entre sus piernas un perro vagabundo. Y a nadie le parece insólita esta situación. Cuando hay manifestaciones de estudiantes o de cualquier otro colectivo, y la Policía ataca a los manifestantes, se ven correr a los perros vagabundos al lado de los manifestantes que huyen, como si ellos estuvieran de parte del que recibe los palos. En la noche, cuando las estrellas cubren el cielo, en el pueblo, se escucha lejano o cercano el ladrido de perros, cuyo sonido rebota contra las paredes de las casas y se multiplica por el eco en los cerros cercanos. Blog del autor
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