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Velatorio en Chile |
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VELATORIO.
En Chile, como en otros países de América del Sur, las tradiciones, aunque más modernas que las españolas, siguen en la vida de las gentes de los pueblos. Pese a estar en el siglo XXI hay actos sociales que se cumplen desde cientos de años y que no cambian. Por ejemplo los velatorios de un muerto o el “velorio” como le llaman allí. Cuando muere una persona es un hito en la historia de una familia. La muerte de un ser querido lleva consigo una serie de actos que en España ya se han perdido hace muchos años. En primer lugar el cadáver se vela en la habitación principal de la casa. Cuatro hachones iluminan la estancia y dan reflejos dramáticos al cadáver que está a la vista de todos. Debajo del ataúd se coloca un recipiente con agua para que se ahoguen los malos espíritus y la muerte no visite de nuevo la casa. A los lados del cadáver sillas de enea, antiguas, incomodas donde se sientan casi siempre ancianas de rostros arrugados que mueven los labios en oraciones ininteligibles. La familia, después de las primeras lágrimas, se dedica más que a rezar, a atender a las visitas que son todo el pueblo. Y en el patio de la casa, a la sombra de las parras o de los árboles frutales, se pone una rustica mesa de madera donde se van colocando viandas y bebidas de todas las clases. Se enciende un fuego y una parrilla y se asan carnes para todos. Se mata una gallina y varios pollos y se hace un caldo para que los que acuden al “velorio” puedan pasar la noche sin frío. Y se forman los corrillos de hombres, de mujeres, de matrimonios y se habla de lo divino y de lo humano: de todo menos del muerto que a unos metros reposa en paz. Como los “velorios” duran como mínimo cuarenta y ocho horas (es la Ley) hay tiempo para todo: para hacer negocios del campo, vender una caballería o una cosecha de maíz. Y como siempre, cuando hay reuniones, hay hombres que beben más de la cuenta. Entonces hay que conducirlos a casa por caminos llenos de polvo, de piedras, de perros vagabundos que ladrán a la luna y a los caminantes, atravesando zanjas, cruzando regueros. Siempre, como anécdota, se cuenta que fulano se cayó al reguero y nadie se dio cuenta hasta la mañana siguiente. Al fin, agotados los familiares y los amigos, es decir todo el pueblo, de dos días y dos noches de luto, y de comida y bebida, por fin llega la hora de trasladar el cadáver a la iglesia. Y en los pueblos de Chile las iglesias son las más feas del mundo. Con un altar de madera y unas paredes desconchadas y sin imágenes, con luces parpadeantes y con ventanas sucias por donde se filtra la luz de la mañana. El cura, rápido porque tiene prisa, ya que quizás le espera un bautizo o una boda en otro pueblo, dice el funeral como si fuera a correr los cien metros lisos. Termina y sacan el cadáver a la calle. Lo suben en un coche fúnebre recién pintado, antiguo y tenebroso y lo llevan al cementerio que siempre está en el pueblo más grande de la zona. Y el duelo no se despide a la puerta de la iglesia. Todos, o casi todos, en coches y en autobuses destartalados, en caballos o en bicicletas, siguen el cortejo, custodiados por un coche de los carabineros, que detiene toda la circulación, pues tiene prioridad la caravana que se dirige a la última morada del finado. En el cementerio se introduce el cuerpo del muerto en el nicho con doscientas personas mirando. El sepulturero se siente importante y con rapidez y mirando al tendido termina su trabajo que es aprobado por todos. Solo falta que lo aplaudan. Al final, se despide el duelo y las gentes, desganadas, cansinas, se vuelven a sus casas, esperando el próximo duelo. Porque un duelo es motivo de reunión, de verse, de saber las ultimas novedades, de vivir la vida del pueblo.
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Enviado por safesa - 29/04/2006 |
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