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El Cuerpo de Bomberos en Chile, como en toda Sudamérica, está formado por voluntarios. Cuando hacen guardia, los puedes ver a la puerta de una caseta, junto a los camiones rojos, sentados, conversando: son estudiantes, camareros, labradores, oficinistas, propietarios. Y tienen todas las edades: desde 15 años hasta setenta y tantos. Algunos, gruesos, que a duras penas pueden abotonarse la chaqueta; otros, delgados, que parece que se los va a llevar el viento; los demás, ancianos de edad indeterminada o niños imberbes que han dejado el biberón pocos años atrás. No cobran nada y hasta los uniformes para el trabajo y los días de gala se los tienen que pagar ellos. Por eso, en algunos supermercados, las pequeñas cantidades de la vuelta, al comprar, van para el fondo de bomberos. En un cartel de letras rojas y grandes, a la salida del supermercado, se ve un letrero que dice: "este mes los clientes han colaborado para la Compañía de Bomberos con." Y aquí ponen una cantidad que suele ser bastante elevada. Los bomberos son respetados por la población y es un orgullo para todos poder pertenecer a tan benemérito cuerpo. Desfilan en las fiestas nacionales con el uniforme y son aplaudidos por la gente que contempla su aire no muy marcial. En las calles de las ciudades siempre existe un monolito recordando a un bombero heroico. Al lado de donde yo vivía, en una pequeña rotonda, había una roca desvastada con una leyenda muy simple: Al Bombero Segismundo. Y cuando muere un bombero es motivo de dolor en el pueblo. Lo entierran al anochecer y el cortijo fúnebre pasa por las calles principales del pueblo, mientras la gente, en las destartaladas aceras, mira en silencio el paso fúnebre. Una sirena ulula sobre las casas del pueblo, acompañada de un incesante ladrar de perros vagabundos. Primero desfila una banda de cornetas y tambores con uniforme de bomberos formada por niños y niñas. El sonido de las trompetas apaga los demás ruidos del pueblo. Después los jefes de bomberos, señores muy ancianos que caminan lentamente, vestidos con el uniforme de gala: chaqueta roja, pantalón blanco y casco de bombero. En sus uniformes lucen medallas que les conceden por sus actos humanitarios en la extinción de incendios. Uno se pregunta, viéndolos desfilar, como personas tan mayores, de pequeñas estaturas, gruesos, con gafas de muchas dioptrías, pueden apagar un incendio sin perecer en él. Después de los bomberos viene el coche fúnebre, que es uno de los camiones contra incendios, con el cadáver del bombero muerto. Detrás del féretro los familiares, casi siempre hijos, nietos y hasta biznietos, porque los bomberos nunca se jubilan. Custodian el féretro ocho bomberos con uniformes negros y con unas antorchas encendidos que relucen en la oscuridad de la noche. Detrás de los familiares caminan tristes y pesarosos los amigos de la familia del bombero. Y tras ellos, con todas las luces destellando, todos los camiones y furgonetas de la Compañía de bomberos del pueblo. Yo he contemplado un funeral y he quedado impresionado. Entre los árboles, a lo lejos, se perdían las luces, las antorchas encendidas, las gentes como una estantigua de fantasmas, camino del cementerio, que en este pueblo está situado en un lugar que se llama Pueblo de Indios. Allí van a descansar para siempre los bomberos muertos, esperando que Dios los llame para que a pesar de los años, apagar un incendio. ¡Cuánto tenemos que aprender los españoles de estos países de Sudamericana que, algunos, desprecian! 
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